Excusarán mis queridas admiradoras (me refiero a las tiernitas, no a las viejas morbosas que me han enviado correos proponiéndome porquerías) mi ausencia por estos días, pero la derrota de mi santafecito lindo me achantó tanto que preferí mantenerme alejado de la opinión pública.
Pues sí, esta vez no se pudo, pero fue el designio de Dios y Diosito y el divino niño saben cómo hacen sus cosas, por algo será que no campeonó al club albirrojo.
Bueno, para compensar a mis ávidas y avispadas lectoras, les relataré mis últimas aventuras en mi club, que es campestre, porque queda fuera de Bogotá, en Melgar: El club Cafam.
Madre de Dios! Qué club, muy grande y espacioso y con buena comida en sus restaurantes: que su tamalcito al desayuno, que su arepaehuevo de medias nueve, que su bandejita paisa de almuercito, que su polita pal calorcito y que su bandejita paisa de nuevo para la comida (o cena, como dicen los gomelos).
Se preguntarán las niñas que me sueñan, qué estaba haciendo un hombre de negocios, ocupado y sin descanso (el sector del transporte público todos los días se mueve), qué hacía veraneando en esa paradisiaca ciudad.
Pues les confesaré que estaba echándome una canita al aire porque quería mostrarle lo mejor de mi Colombia bella a un señor extranjero que por estos días me estaba visitando.
Mi santa madre me había comentado de que el señor que llegaba era un buenmozo empresario de Villavicencio y, claro, yo pensé para mis adentros que debía de ser un provinciano cualquiera, pero cuando mi señora madre dijo su nombre, de una vez me dí de cuenta que quien nos visitaría era de las más nobles familias europeas.
Jean Paul Guarnizo llama el sujeto en cuestión.
Para mis lectoras que no saben inglés debo aclararles que no llama Juan, sino Jean y que a pesar de que su primer nombre se escribe como mis Petrolizados, no se pronuncia Yin, sino Yan.
Lo mismo sucede con el Paul, que no se pronuncia como Paula, sino como el juego de billar del que el hijueputa del enano guarnizo es un duro: el Billar Paul.
Y claro, con ese nombre, yo no me esperaba a cualquier indio peináo comecarne montataxi, no, señores, cuando llegó, me di de cuenta que era todo un doctor, distinguido y clasudo, como yo.
Vieran esa elegancia, ese porte, clase y distinción. Puro parisino, tan francés como el pancito francés, que también va con la changuita (que me contó Jean Paul que es una palabra que viene del francés).
Y obvio, como el viaje iba todo a nombre de la honorable firma para la que trabajo, mi doctor Jean Paul, como buen hombre de negocios, se trajo a su señora madre (bella ella), a su tía Yolindis, a su primo Ronald y a su novia, Hannys, tan preciosa como una diosa.
Como mi doctora DuPont está por llegar a la oficina, y como nos tiene prohibido entrar a la internet porque según ella estas cosas del diablo distraen a los trabajadores, debo de dejarlos, para contarles más historias más tardito.
P.S. Un saludo para mi doctor Andrés Pastrana, que es un hombre distinguido y que va a representar muy bien el gobierno de mi doctor Uribe en el país del norte. Si necesita un bello consultor que pase por nativo americano y que domine el habla anglosajona (no por nada pasé cuatro años en el Colombo), que me llame a donde doña Myrta, que ahí me pasan al teléfono.