Hoy quiero comentar a mis estimadas (as) lectores (as) sobre el problema de la inseguridad tan berraca que se ha apoderado de esta ciudad, y que no deja que la gente de bien como yo, de una estirpe payanesa, tan rancia como el olor que mi cuerpecito expele, pueda vivir en paz.
Pa’ los que me conocen de atrás, recordaran que un hermoso colmillito adornaba mi sonrisa en forma sexy, sin embargo, siguiendo los consejos de mi buen amigo Cesar Rodríguez en relación con lo importante que es la imagen pa’ hacer plata, y guiado por un volante que me dieron en una de mis habituales visitas a los juzgados municipales a patinar los procesos de mi doctora, resolví hacerme un tratamiento de ortodoncia. Pese a mis ruegos, el condenado doctor no estuvo de acuerdo con la conveniencia de que mi lindo colmillo siguiera adornando mi sonrisa.
Hasta ahí todo bien, ya me había hecho a la idea de vivir sin mi colmillo porque lo dijo el doctor, y mis estimadas lectoras sabrán que, sea lo que sea, doctor es doctor.
Una vez perdido mi apreciado apéndice, que me daba todo el sesapil que siempre he usado para llevar a moteliar a cuanta impulsadora conozco en aquellos aprestigiados bares de las inmediaciones de Galerias, procedió el Dr. Sonrisa, así se llama mi doctor de los dientes, a hacer un frenillo a mi medida para cuadrarme nuevamente la sonrisa, y ahí comenzó la desgracia que les quiero narrar.
Pocos días después de estrenar mi frenillo, debí ir al centro en un transmi, el condenado frenillo como que me quedo chiquito y me incomodaba, por lo que resolví sacármelo de la jeta y guardarlo en uno de los bolsillos de mi finísimo saco, allá descansaba tranquilo en compañía de $1300 pesos en monedas de diferentes denominaciones, varios clips, que convenientemente deformados, utilizo indiscriminadamente pa limpiarme las uñas o las orejas, un par de bandas de caucho, y una tarjeta que me dieron por la calle, donde ofrecían dos “lolitas” por $20.000, al respaldo de la cual tenia anotado el teléfono de mi ultima conquista, una hermosa rubia llamada Lady que había conocido montando bicicleta en el simoncho, mientras nos refrescábamos con un juguito de naranja recién exprimida.
Ahí tenia yo mi frenillo, sin protección alguna, pues mi mama no me había dado pal estuche, y mi sueldo en el Yesiguaz, y donde mi doctora Michelsen no alcanzan pa lujos, cuando una persona inescrupulosa, un indio de esos que ahora uno ve por las calles, de esa gente fea sin estudio, metió su mano en mi bolsillo sin que yo me diera cuenta, y me dejo sin el frenillo, sin lo del bus, y lo que si me amargó de verdad, sin los clips...¿De por dios...como cabe tanta gente mala en el mundo?...¿cómo no dejan que un hombre cumpla sus sueños? Hampones feos desgraciaos...
Pues bueno mis queridas lectoras, aquí les dejo mi historia que me tiene triste, para que nunca les vaya a pasar a ustedes...la próxima vez, cuando me repongan el frenillo, no lo dejare tan mal cuidado, menos mal, después de todo, lo puedo meter entre los calzoncillos...